miércoles, mayo 20, 2009

¡¡¡BWAHAHAHAHAAAAAAA!!!

Gracias por los comentarios y el ánimo en la entrada anterior.

Por cierto, ayer Kel'Thuzad besó el frío suelo de la cámara superior de Naxxramas; y lo hizo heroicamente, después de una lucha intensa donde solamente quedaron unos pocos en pie.

¡¡¡BWAHAHAHAHAAAAAAA!!!

Y ahora si me permiten...

Iba la raid por Naxxramas
más allá del frío Fiordo.
Llegamos a Kel'Thuzad
le dimos con to' lo gordo.
dimos con to' lo gordo.
dimos con to' lo gordo.
Y va y en el loot me sale que
tengo mondadientes nuevos.
(coro)Tengo mondadientes nuevos.
Tengo mondadientes nuevos.
(coro)Tengo mondadientes nuevos.
Parece ser por lo visto que
(todos)tengo mondadientes nuevos.

Vamos de raaaaidddd...
los chicos de Those Who Fight...


¡Gracias!
Sois un público maravilloso.

jueves, mayo 14, 2009

Me cago en mi puñetera incapacidad

Como escribía hace poco, tengo un personaje del WoW que es una guerrera cuya función básicamente es servir de puching-ball al monstruo de turno y asegurarse de que nadie más que ella recibe las leches. Es un puesto sacrificado pero lleno de satisfacciones por el trabajo bien hecho.

Ahora bien, hay noches, como esta, en las que todo sale mal, en las que un PUTO fallo del tank (osea yo) hace que palmen todos los compañeros. Y es que no me ha faltado ni uno. Podríamos habernos bajado a Kel'Thuzad y haber limpiado Naxxramas completa. Pero no lo hemos hecho porque el PUTO main tank (osea yo) ha fallado más que una escopeta de feria y no ha hecho bien su trabajo.

Maldita sea.

Me cago en mi puñetera incapacidad. ¡Joder!

lunes, mayo 04, 2009

Contando historias

Tener un blog es como poseer una pequeña ventanita en la cabeza que de vez en cuando se abre y permite que quien tenga interés eche un vistazo al interior. No lo voy a negar, esa ventanita tiene parte de escenario y parte de telón de fondo; es en esta parte por donde realmente discurre la procesión. Y, como el blog es algo público, siempre hago un proceso de filtrado acerca de lo que pongo y cómo lo pongo. Por ejemplo, esta entrada ha comenzado siendo una pequeña frase acerca del miedo que tenemos algunas personas a no tener opinión formada con respecto a un tema. No es que no me sedujera hablar de ello; a lo mejor lo hago en algún momento. Pero en algún lugar alrededor de la novena palabra, mi telón de fondo ha cambiado y con ello toda la función.

Así que hoy voy a hablar de las historias, de aquellos que las cuentan, y de aquellos que las cuentan bien. Y también de los que no las cuentan tan bien.

Si tuviera un momento poético diría que una historia es un trocito condensado de eso que llamamos "vida". Pero hoy estoy más prosaico (sólo un poco) y me conformaré con decir que una historia es simplemente algo que merece la pena contar y transmitir. Hay historias manidas, divertidas, aburridas, contadas una y mil veces, resucitadas, lavadas, recauchutadas, y un sinfín mas de "adjetivadas". Cada una tiene su propio argumento y su propio desarrollo. Puede ser tan corta (y mala) como el chiste del monstruo "trihuévido" o tan larga que suceda que sobreviva a su autor y sean otros quienes tomen el relevo y la amplien. De éste última no voy a poner ejemplos pues los hay numerosos, pero invito a mirar el título de este blog.

Pero todas y cada una de las historias tienen un punto en común: el contador, la persona que, ya sea habiéndola creado o bien que la haya escuchado o leido y la repite, lanza ese ente al universo esperando que éste (sea un grupo de amigos de cervezas o un audiotorio lleno de gente) la encuentre de su agrado.

Y bueno... de todos es sabido: hay contadores mejores y peores. Hay personas que son capaces de contarte cómo ayer se bajaron a tomar un café, se encontraron con un vecino por la escalera, y el extracto del programa que vieron en el bar, como si fuera la aventura más divertida jamás contada. Y también las hay que son capaces de arruinar una buena historia.

Es una pena, porque no creo que haya nada más reconfortante que descubrir que lo que acabas de contar les ha gustado a tus oyentes, que lo que tenías que transmitir les ha parecido interesante o divertido. Pero por alguna razón no se suele tener paciencia con aquellas personas que tienen menos capacidad para contar lo que quieren, aquellos que se traban, aquellos que no se sienten seguros y lo dejan traslucir. Socialmente se acepta mucho mejor, en cambio, al interlocutor agresivo, a la persona que interrumpe a otra o que alza el volumen de la voz más allá de lo que es cortés y deseable para un intercambio de ideas.

Esto es algo que siempre me ha crispado. De hecho es bastante probable que escuche con muchísima más atención a alguien que quiere contarme algo, aunque a veces le gane la torpeza, que a alguien que esté adornado con estos defectos dialécticos. Sí. Son defectos. Porque si crees que lo que tienes que decir es más importante que lo que estoy diciendo yo u otro contertulio, ya verás qué deprisa comienzo a quitarle importancia tanto a tu discurso como a tí. Pero me desvío.

De la misma manera que no hay nada más reconfortante que ser testigo del éxito de una historia, no hay nada más triste que ver como otra naufraga y se hunde.

Por eso me gustaría proponer a todo el mundo que escuche y que dé un poco de chance a esas personas que tienen menos facilidades para compartirse (porque en el fondo contar cualquier historia o anécdota no es más que eso) para que tengan más espacio y seguridad. Es algo de una sencillez ridícula y que no requiere más que un poco de paciencia y comprensión. No es complicado. A lo mejor hasta aprendes algo y te sorprendes, o te sorprendes y aprendes algo.

Porque alguien que cuenta una historia y se encuentra un auditorio receptivo y dispuesto a la crítica constructiva sabrá en qué ha fallado y mejorará; y tendrá la oportunidad de convertirse en un mejor contador de historias.

Y necesitamos buenos contadores. Necesitamos contar y escuchar historias.
Oh cielos, cómo lo necesitamos...

miércoles, abril 22, 2009

Mi casa

He tenido bastantes casas a lo largo de mi vida. La primera es la antigua casa de la calle del Amparo, en el madrileño barrio de Lavapiés. Era una casa estupenda, la que más me ha gustado. Estuve en ella hasta los diez años más o menos.

Luego vino la casa de Leganés, situada cerca del entonces proyecto de centro comercial Parquesur. Una casa grande, luminosa, y donde tuve mi primer cuarto propio.

Mis padres se separaron y comenzó un vaivén de casas para mí. La primera, aunque nunca llegué a considerarla como mía, era un pequeño apartamento situado en la calle Conde Duque, en Argüelles. La segunda, una adorable vivienda en una nueva colonia de la calle Embajadores, entre Santa María de la Cabeza y Legazpi. La tercera fue un piso grande situado al lado de Pío XII, cerca de la cuesta de los Sagrados Corazones.

Luego me fui a vivir a mi antigua casa de la calle Amparo, al principio con una compañera de piso. Luego, ya solo, me mudé un poco más abajo, a un pequeño piso conocido amablemente como "el zulo", tercero sin ascensor, donde viví cosas interesantes. Y por último me cambié a mi actual residencia en el "transmanzanarino" barrio de Puerta del Ángel.

Me he movido bastante y mi hogar se ha movido conmigo demasiadas veces.

Tantas que creo que ya casi no tengo hogar. Lo he ido dejando por el camino. Mi casa es simplemente un lugar donde almaceno "mis cosas". Son muchas cosas, pero pocas son realmente mías. Anoche me dijeron una frase estupenda que a grosso modo dice que aquello que se tiene en el fondo de un armario tampoco se tiene realmente. Digna de elogio sin duda. Mi casa entera es un fondo de armario.

Pero me gusta, tiene cosas que nunca había tenido desde que me fui a vivir solo, como persianas, bañera, luz directa, y la posibilidad de ofrecer alojamiento a alguien que quiera quedarse con relativa comodidad, siempre y cuando no le importe el estado de perenne desorden que reina de puertas para adentro.

También tiene una gotera, pero eso es otra historia.

jueves, abril 16, 2009

Si esto es una broma...

Watchmen en un gran comic porque cuenta una gran historia. Y en esa historia, en ese drama, hay varios personajes prominentes, casi sólidos. Y el Comediante es el más sólido de todos.

El Comediante sabe acerca de los humanos, de la condición humana. Y se ríe. Y mata y se ríe. Y viola y se ríe. Se ríe de todo y de todos.

Hasta que en un momento dado rompe a llorar.

Insisto, si Esto es una broma... no la entiendo.
No le veo la puta gracia.

martes, marzo 31, 2009

El camino del guerrero protección

Para aquellos que no lo sepan, World of Warcraft ó WoW, es el juego online masivo más jugado de la historia. Adicionalmente es un entretenimiento que es capaz de mantenerme absorto durante horas y al que me dedico diariamente.

Hecha esta pequeña introducción, al lío. Mi primer personaje fue un rogue elfo de la noche. No recuerdo las razones que me llevaron a escoger precisamente esa clase y esa raza, pero en su momento tenían suficiente peso para mí así que eso escogí. El rogue (o pícaro) es una clase debil fisicamente, pero capaz de hacer bestialidades de daño. Sigilo y dagas envenenadas. Un asesino vaya. Alguien cuya función en un grupo es hacer que la vida del jefe enemigo de turno baje lo más deprisa posible. Alguien que aparece por detrás y antes de que te des cuenta de lo que pasa estás besando el suelo. Una maravilla.

Bien, el caso es que lo subí hasta el nivel máximo, que en aquella época era 60. Tuve mucha suerte dado que tenía amigos dentro del juego y el guild que escogí se ajustaba perfectamente a mi andadura "cassual" por el juego. Pero el caso es que me apetecía hacerme otro personaje, alguien con quien me sintiera más a gusto. Y no es que el rogue fuera una mala opción, pero quería algo que siguiera siendo un luchador cuerpo a cuerpo (tendencia que no ha cambiado con el paso de personajes) pero que fuera capaz de aguantar más. Y entonces apareció mi pequeña guerrera, una monada de gnoma capaz de enfrentarse a casi cualquier cosa.

Fue bastante más complicada de subir que el rogue. Por aquel entonces el nivel de dificultad general del WoW era mayor que el actual y subir los personajes no era facil ni rápido. En el caso del guerrero esa dificultad se multiplicaba. No es una clase sencilla de jugar. Pero tiene una mecánica que me encanta y que se reduce a lo siguiente: de primeras puede hacer muy pocas cosas. Pero en el momento en el que ataca o le atacan comienza a llenarse una barra roja que tiene el sugestivo nombre de "Ira", la cual activa habilidades. Casi todas las habilidades del guerrero tienen un coste de ira. Dicho de otra manera, cuanto más "cabreado" está el guerrero más poderoso se vuelve. He probado prácticamente todas las clases que el juego ofrece, pero ésta es con diferencia la mecánica que más me gusta.

Esto implica una cosa: todas las demás clases comienzan el combate al máximo de habilidades.

a) Las clases con barra de maná comienzan con ella al máximo.
b) El rogue comienza con su barra de energía al máximo.
c) El caballero de la muerte comienza con todas sus runas listas.

El guerrero no. El guerrero comienza el combate con lo puesto. Es pegando y recibiendo daño como se gana el derecho de pegar más y más fuerte. Y pegando más y más fuerte se hace más poderoso aún.

Me gusta. Me gusta mucho.

Pero hay otra vertiente del guerrero que me gusta aún más que todo lo anterior: la capacidad de aguantar considerables cantidades de daño sin despeinarse.

Un guerrero correctamente especializado como protector coge su escudo y su espada, se saca pensativamente una maltrecha colilla de la boca y se la coloca en la oreja, echa un vistazo a la monstruosidad de cinco metros de alto que aguarda el ataque un poco más allá¿Crees que el tamaño importa Murmur? Te llevarás una sorpresa, se vuelve hacia el grupo, esboza una sonrisa tranquilizadora, y se lanza a la carga. Su función es recibir los golpes, mantener a ese demonio salido del inframundo y a sus ataques, los cuales obliterarían a practicamente cualquier otro, centrados en él, con una sonrisa en la cara y diciendo "Venga, seguro que puedes hacerlo mejor pequeño". Protege al resto del grupo. Sabe que su función es la de ser el saco de boxeo de ese cruce de toro y locomotora, que su misión es aguantar las leches de esa monstruosa torre de fuego con cara de mala leche, porque nadie más puede hacerlo, que su grandeza es precisamente que esas leches solamente le caigan a él.

Lo sabe. Y le gusta.

Mi pequeña guerrera es protección, un personaje estupendo. Detrás, manejándola, estoy yo. Y hacemos un buen equipo. Ella es buena, y yo tambien. Ponednos un sanador detrás y un enemigo delante. Ese de ahí está pidiendo una operación estética y se la vamos a hacer a escudazos. ¿Listos?

*sonrisa*

Bien, entonces... ¡A LA CARGA!